20 agosto 2008

Irán y el tic-tac del reloj nuclear. También es el reloj del mundo. Si estalla, todos lo sabrán.

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Los diplomáticos occidentales habituados a las negociaciones con los iraníes lo saben: una de las facetas de la cultura persa es el arte de elucubrar, de discutir hasta el infinito sobre los detalles sin llegar jamás al meollo del asunto. Esto para ganar tiempo. Este juego intelectual podría ser divertido si no se tratara del reloj y del arma nucleares, ya que el tiempo que pasa implica riesgos. (Este atrículo apareció en "Le Monde" y fue traducido por Irene Selser para Milenio.com)
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Existen algunos indicadores como el raid israelí del 6 septiembre de 2007 contra el reactor nuclear sirio de Al-Kibar, los ejercicios aéreos que reunieron una decena de aviones de combate del ejército israelí en junio, las maniobras navales y los disparos de misiles iraníes en julio, que llevan a pensar que el riesgo de una confrontación militar con Irán no se ha alejado.

En las negociaciones de Ginebra del 19 julio no hubo sorpresas: “no hay ninguna opción –dijo uno de los negociadores– que Irán renuncie al enriquecimiento del uranio, es decir a un absolutismo nuclear que es funcional al nacionalismo de una parte de la población. Aun cuando se podría estar desarrollando un áspero debate en los círculos de poder iraníes, Teherán muestra de esta forma su poco interés en otorgarle a una administración que llega a su fin el ‘regalo’ de un congelamiento, a falta de un abandono, de su programa nuclear”. Apostando a las concesiones que podrían ser obtenidas de una administración Barack Obama o John McCain, Irán toma los riesgos de un jugador de As Nas, el ancestro del juego de poker, prohibido por la revolución islámica. El tiempo ganado por Irán no juega a favor de Israel.

Los israelíes están convencidos que los iraníes continúan sin descanso su programa de enriquecimiento de uranio y la modernización de su arsenal balístico. Incluso si se exagera la determinación política de Irán en ejercer represalias contra Israel y las fuerzas de EU en la zona, Tel Aviv no puede tomar a la ligera el riesgo de desatar un conflicto. Es por eso que Israel preferiría que Estados Unidos tome la iniciativa de destruir una parte de las numerosas instalaciones nucleares iraníes. El tiempo electoral que vive la Unión Americana no es el más propicio para abrir un tercer frente militar, además de Irak y Afganistán.

Pero los dirigentes debilitados toman a veces decisiones locas: si bien el señor Bush está desacreditado, esto no es nada en comparación con los escándalos que salpican en Israel al primer ministro Ehud Olmert. Y si Washington llega a condescender, Israel, en caso de que esté doblemente convencido que Irán se acerca peligrosamente al “umbral nuclear” y que una administración Obama se mostrará pusilánime hacia Irán, ordenará a su aviación actuar. La demostración del ejército israelí, el Tsahal en junio, con todas las características de un ataque ficticio contra los sitios iraníes, tuvo el valor de una advertencia. Como si el ataque sobre Kibar no hubiera sido suficiente.

Esta es una aplicación de la “doctrina Begin”, enunciada por el ex primer ministro israelí para justifica su decisión de destruir el reactor nuclear iraquí Osirak, el 7 de junio de 1981: “Hemos escogido el momento: ahora, no más tarde, porque más tarde podría ser demasiado tarde, quizá para siempre”. Olmert ha seguido este consejo enviando siete cazabombarderos a destruir Kibar.
Si bien no hay nada que permita confirmar la tesis israelí según la cual es urgente actuar, hay algo más importante: la eficacia de esta operación militar no se compara con su éxito diplomático y mediático. Bruno Tertrais, experto en cuestiones nucleares de la Fundación para la Investigación Estratégica (FRS), habla del “silencio ensordecedor” de la comunidad internacional que saludó el operativo israelí: ninguna condena estadunidense o europea, ninguna crítica del Consejo de Seguridad de la ONU…


La impunidad de la cual se ha beneficiado el Estado israelí se explica por la imagen detestable de Siria en el mundo árabe. Los países del Golfo Pérsico no se sintieron descontentos de la lección infligida a Damasco, como si vieran con buenos ojos la destrucción del potencial nuclear de su vecino iraní. “El ataque israelí fue un excelente ejemplo de la doctrina de la guerra preventiva defendida por Menahen Begin, Bush y los neoconservadores”, observa el experto estadunidens en asuntos de proliferación, Joseph Cirincione.

Pero –añade–, es un peligroso precedente: ¿cómo vamos a reaccionar si otros países siguen la misma estrategia? ¿Puede India atacar una instalación sospechoso paquistaní o china? ¿Puede Rusia, de manera preventiva, atacar una base de misiles en Polonia?” Israel tiene sus razones históricas para no confiar en el sistema internacional. Pero esto no significa lo contrario: el silencio de la comunidad internacional no puede renovar el crédito de la opción militar. Los israelíes estiman que si se trata de elegir, es mejor un Oriente Medio en ebullición que un Irán nuclear ya que este supondría inevitablemente una proliferación generalizada: Arabia Saudí, Argelia, Sudáfrica, Turquía, Brasil, además de otras naciones, tomarían el mismo camino.

Rechazar el maniqueísmo de Israel supone mantener una estricta aplicación del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), lo que significa a su vez: dejar de jugar al apaciguamiento con Siria; no concluir jugosos contratos nucleares con India, como lo hace EU, cerrando los ojos sobre el hecho que el combustible vendido en Nueva Delhi servirá para reforzar el arsenal nuclear de la “más grande democracia del mundo” y no buscar a cualquier precio un acuerdo con Corea del Norte, obligando pedirle cuentas sobre su stock de armas atómicas y su cooperación nuclear clandestina con Pakistán