06 octubre 2008

¿Hay armas de destrucción masiva también en Wall Street? Si y las peores.

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Nadie conoce a nadie hoy en América, dice Anna Grau, para (ABC). Y es la absoluta verdad, el reino del Rey Reb está en la más tremenda confusión. La aventura a las tierras orientales ha sido un fracaso, y tras una jugada del control económico, han sacado las telarañas de los bolsillos de todos los demás para repartirse nuevamente el botín. Europa va tras los mismos pasos, salvando bancos creados con oro falso, que solo ha cegado a los hombres.
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En este video el representante Brad Sherman, que votó negativamente, advierte sobre el peligro de la imposición de la ley marcial en el imperio. Pasó en Roma, también podría ocurrir en los EE.UU. Parece que son tiempos peligrosos. (Al correr el video pon en pausa el MP3, que está en la barra lateral)

La pregunta de los 700.000 millones de dólares es: si el plan de rescate de Wall Street era tan vital, ¿por qué ha costado tanto aprobarlo? ¿Y por qué se han opuesto a él los abanderados políticos de la gran empresa? He aquí una posible respuesta: «¿Otra vez dice Bush que viene el lobo? Pues, a mí no me vuelve a engañar». Existe una increíble simetría entre esta crisis y la del 11-S. El pasado 17 de septiembre Wall Street vivió su máxima caída, la única capaz de superar la del 17 de septiembre de 2001, primer día que reanudó su actividad tras los atentados. También hay una amarga coincidencia entre el dinero que ha costado la guerra y el que costará el plan.
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Pero el parecido más dramático tiene que ver con la actitud del presidente George W. Bush, asegurando que el rescate de Wall Street es la única salida ante una emergencia nacional. Son casi las mismas palabras que usó para defender la guerra de Irak. Aquella contienda ha dejado un rastro políticamente muy amargo. El juicio es especialmente duro por parte de aquellos líderes políticos y mediáticos que, desde los senadores Hillary Clinton y Joseph Biden hasta The Washington Post y The New York Times, «compraron» en su día la guerra, votaron a su favor en el Congreso y la defendieron en patrióticos titulares de periódico. El fiasco resultante ha abochornado a muchos. Y es, en cambio, uno de los principales activos de Barack Obama, uno de los pocos que vio claro desde el principio que aquella guerra se iba a perder. Y lo dijo.
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Todo esto ha restado mucha autoridad a Bush para volver a decir «que viene el lobo» y exigir a la nación semejante sacrificio. Por eso la primera cara de la crisis no fue la suya sino la del secretario del Tesoro. Henry Paulson tuvo un primer momento de gloria cuando el jueves 18 de septiembre casi consiguió que la oposición le diera el sí para lo que quisiera. En sólo 72 horas todo había cambiado. Los demócratas, inquietos porque Paulson les pedía poderes sobrehumanos a la vez que se mostraba muy vago sobre los detalles, sacan las uñas. Piden concreción y algo a cambio. Por ejemplo piden una escena política del sofá a su medida, con el presidente saliendo a hacerse responsable por la tele.
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Y el lobo se llama Obama Biden Laden, perdón quisimos decir Obama y Biden, es que ahora según Sara Palin, el mesías que también es llamado O-bambi es amigo de los terroristas. Bien en este video, Homero Simpson va a votar.

Tragados todos los sapos exigidos hay fumata blanca para bendecir el plan de la Casa Blanca. Y de repente son los republicanos los que rompen la baraja. Los conservadores más pata negra dicen que no está claro. Y vuelta a empezar. Cada vez hay más observadores que creen que a la crisis de crédito financiero se sobrepuso una profunda crisis de confianza política. Las claves para tanta desconfianza han sido dos: la sospecha de que Bush estuviera empezando otra guerra imposible de ganar, más la sospecha de que aquí pueden acabar aflorando irregularidades financieras mayores y más siniestras
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Hay todavía muchos puntos oscuros de esta crisis. Uno de los más inexplicados es: ¿por qué Henry Paulson y Ben Bernanke pasan en sólo 48 horas, las que van del martes 16 de septiembre al jueves 18, de dejar caer a Lehman Brothers y decir que van a hacer lo mismo con AIG, a salvar a ésta y auspiciar un plan de rescate global? ¿Qué descubrieron el miércoles que no sabían el lunes? Lo que ocurre en ese intervalo es un giro copernicano. De defender con uñas y dientes la desregulación se pasa a hacer méritos para que, como a Paulson, las malas lenguas te llamen «socialista». Hay apuestas para todos los gustos. Hay quien dice que Paulson se cayó del caballo al darse cuenta de que toda la economía estaba intoxicada de «credit swap defaults», seguros privados contratados entre empresas para cubrir todo riesgo. Los «credit swap defaults» se han convertido en los últimos años en el negocio basura más extremo: son tratos que se pueden cerrar por teléfono, y que no obligan al prestador. Sólo a confiar que nunca quebrará todo al tiempo.
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La demostración de lo contrario ha provocado una reacción nuclear en cadena que los expertos dicen que no ha hecho nada más que empezar. Que hasta ahora sólo ha emergido la punta del iceberg de los «credit swap defaults» que pudren de punta a punta las cañerías del sistema. El caso es que lo poco o mucho que ya ha emergido bastó para aterrorizar a la Casa Blanca. Esa es una posibilidad. Otra es que la pretendida salvación global en realidad lo es de algunas empresas escogidas, lo bastante fuertes como para forzarle la mano al sistema político. Y aún hay quien añade que en río revuelto, ganancia de pescadores, como le pasa a Warren Buffett, que sin perder ni la calma ni el dinero ha ido de rebajas por Wall Street. De Buffett es el símil de comparar las bolas de crédito intragables por el sistema con «armas de destrucción masiva». ¿Aparecerán esta vez o el pueblo americano y sus líderes acabarán descubriendo de aquí a cinco años que les habían vuelto a engañar, y será triunfal candidato a la presidencia quien haya dicho que no venía ningún lobo? Nadie conoce a nadie hoy en América.